Sebastià Alzamora Martín nació en Llucmajor, Mallorca, en 1972. Se licenció en Filología Catalana. Ha publicado novela y poesía desde los años noventa, y su obra ha sido traducida al francés, al italiano, al inglés, al portugués, al polaco y al danés. La visibilidad internacional de un poeta en lengua catalana no es una obviedad: hace falta que la obra sea suficientemente poderosa para que la cruce. Lo de Alzamora lo es.
Sus colecciones de poesía anteriores incluyen La part visible (2009) y La pulcritud (2018). La nueva obra, Sala Augusta seguit de Llengua materna, publicada por Proa, es un libro doble: dos poemas o conjuntos de poemas que conviven en el mismo volumen y se necesitan mutuamente, aunque hablen de cosas distintas. El jurado del Premio Nacional señaló «su capacidad para transitar, con idéntica genialidad, desde el lenguaje arrebatado de la denuncia histórica hasta la delicadeza del espacio doméstico».
Sala Augusta: el cine sobre la fosa
La primera parte del libro es un único poema largo en verso libre. Su título viene de un cine del centro de Palma de Mallorca —la Sala Augusta— construido sobre el espacio que durante la Guerra Civil fue una prisión franquista. Allí se interrogó, se torturó y se ejecutó a presos republicanos. El edificio se levantó encima de esa historia. La ciudad siguió viviendo alrededor. Durante décadas, la gente entró a ver películas sobre un suelo que cubría algo que no quería recordar.
El poema de Alzamora trabaja con esa superposición. No es poesía de archivo ni crónica versificada: es un intento de hacer que el lenguaje poético haga lo que la arquitectura hizo al revés. Si el edificio enterró la historia bajo la normalidad, el poema la desenterra. Alzamora ha hablado del origen del poema en una visita al local, ya cerrado, en que le sobrevino la consciencia de lo que había ocurrido allí. El poema nace de ese momento de conocimiento físico: la presencia en un espacio que contiene algo que no se ve.
La Sala Augusta: El cine Sala Augusta, ubicado en la calle Unió del centro histórico de Palma, fue durante la Guerra Civil uno de los centros de represión franquista en Mallorca. El edificio cinematográfico se construyó posteriormente en ese emplazamiento. La recuperación de la memoria de esos espacios —los suelos que cubren fosas, las paredes que oyeron cosas— es parte del trabajo de la llamada «poesía de la memoria histórica», una de las corrientes más activas de la lírica española e hispana contemporánea.
Llengua materna: la intimidad como archivo
La segunda parte del libro es diferente en registro y en tono. Alzamora abandona la historia colectiva y entra en la personal: la madre, la infancia en Llucmajor, las mujeres de su familia que trabajaban en la industria del calzado mallorquina para sostener la economía doméstica. El trabajo físico y repetitivo como forma de amor. La lengua materna —el catalán que le enseñó su madre— como espacio de intimidad.
El giro no es un cambio de asunto: es un cambio de escala. La historia colectiva de Sala Augusta y la historia familiar de Llengua materna hablan de lo mismo desde lados distintos: de lo que se oculta, de lo que se trabaja en silencio, de lo que sostiene sin aparecer en los libros de historia. Las mujeres de la familia de Alzamora que cosían zapatos no aparecen en los archivos del franquismo. Tampoco los presos republicanos de la Sala Augusta aparecerían en las crónicas cinematográficas del cine que construyeron sobre ellos.
La lengua y el premio
Que el Premio Nacional de Poesía llegue para un libro escrito en catalán es, también, un hecho que merece ser nombrado. El premio puede otorgarse a obras en cualquiera de las lenguas oficiales españolas. Pero la normalización —en la práctica— no siempre se corresponde con la norma. Que el galardón principal de la poesía española reconozca un libro en catalán sobre la represión franquista en Mallorca es, entre otras cosas, un acto de reparación simbólica a escala literaria.
Alzamora es el primer hombre en recibir el Premio Nacional de Poesía en ocho años. No es un dato que él haya subrayado, pero el jurado sí eligió una obra en que las mujeres —las de Llengua materna, las que no aparecen— tienen un lugar central.
Por qué importa este libro
Porque hace dos cosas que pocas obras consiguen hacer simultáneamente: llevar la poesía al lugar donde más duele —la historia sin reparar, la intimidad sin testigos— y hacerlo con una escritura que no convierte el dolor en ornamento. La memoria franquista en manos de Alzamora no es retórica de duelo ni gesto político vacío. Es un trabajo de lenguaje preciso que obliga al lector a quedarse en el poema, no a pasar por él.
Y porque la decisión de escribirlo en catalán —la lengua de la madre, la lengua de los presos mallorquines, la lengua que el franquismo persiguió— no es un accidente sino el núcleo de sentido del libro. Sala Augusta seguit de Llengua materna no podría haber sido escrito en otro idioma sin perder lo que es.