Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836. Quedó huérfano a los diez años — su padre murió cuando tenía cinco, su madre cuando tenía nueve. Lo adoptó su madrina. A los dieciocho se trasladó a Madrid con el dinero justo y la ambición de convertirse en escritor. Lo que encontró fue la pobreza, el periodismo como único sustento, y la tuberculosis.
Bécquer tuvo tres amores que marcaron sus Rimas. El primero, Julia Espín, una cantante que nunca le correspondió y que aparece en las Rimas más febriles del deseo imposible. El segundo, Elisa Guillén, con quien sí hubo relación y cuyo abandono precipitó las Rimas del desamor. El tercero, Casta Esteban, con quien se casó en 1861 y de quien se separó siete años después — aunque tuvieron hijos y mantuvieron una relación compleja hasta el final.
El Libro de los gorriones: Alrededor de 1867 Bécquer reunió sus rimas en un cuaderno que se conserva hoy en la Biblioteca Nacional de España. Lo llamó "Libro de los gorriones" en referencia a sus poemas — "estos pájaros sin alas". En 1868, la Revolución Gloriosa destruyó el primer intento de publicación. Bécquer los reescribió de memoria. Sus amigos los publicaron tras su muerte, en 1871, para ayudar a su familia.
Las Rimas: arquitectura del deseo
Las 76 Rimas que componen la obra de Bécquer forman un arco emocional que muchos críticos han leído como un único poema largo: la historia de un amor desde la expectativa hasta la ruina. Las primeras Rimas son teóricas — sobre qué es la poesía, qué es la inspiración. Las del medio son las del amor en su apogeo. Las últimas son las del desamor, la soledad y la contemplación de la propia muerte.
Lo que hace a Bécquer inmortal es su brevedad. Mientras los románticos europeos construían poemas larguísimos, él comprimía la emoción hasta hacerla estallar en cuatro líneas. La Rima XXI cabe en una tarjeta de visita. La Rima LIII tiene tres estrofas. Y sin embargo contienen más que muchos poemas de cien versos.
Rima IV — Mientras haya poesía
La más filosófica de las Rimas, y una de las más hermosas. Bécquer define la poesía no como técnica ni como talento sino como condición del mundo. Mientras haya misterio, mientras haya un cuerpo que sienta sin que los labios rían, mientras haya una mujer hermosa — habrá poesía. Es una declaración de principios que niega la necesidad del poeta: la poesía existe con o sin nosotros.
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
La estructura anafórica — "Mientras haya... habrá poesía" — crea un ritmo casi litúrgico. Bécquer está haciendo algo radical: quitarle al poeta la propiedad de la poesía. No es él quien la produce. Es el mundo quien la contiene, y el poeta solo la encuentra. Esta humildad radical es lo que distingue a Bécquer de los románticos que se creían genios. Él se sentía un receptor, no un creador.
Rima XXI — La definición más breve
Cuatro líneas. La definición más exacta y más hermosa que se ha dado de la poesía en castellano. Y también la más imposible de traducir, porque depende del "tú" español que se puede decir mirando a los ojos.
—¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
La pregunta no tiene respuesta conceptual. Tiene una respuesta corporal: la persona que está delante. La poesía no es una definición. Es un encuentro. Esa es la intuición más moderna de Bécquer y la razón por la que este poema sigue resonando: no dice qué es la poesía, sino dónde está.
Rima LIII — Las golondrinas
La más famosa y la más imitada. Tres estrofas con la misma estructura: volverán las golondrinas / volverán las madreselvas / volverán las palabras ardientes. Pero lo que se fue — lo que las dos personas vivieron — eso no vuelve. La naturaleza es cíclica. El amor no.
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
esas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
esas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate,
nadie así te amará.
La puntuación como música: Los puntos suspensivos antes de "¡no volverán!" no son vacilación. Son la pausa que el lector necesita para respirar antes del golpe. Bécquer era consciente de la puntuación como elemento rítmico. En sus manuscritos la puntuación es muy elaborada — señal de que pensaba en el poema como algo que se dice en voz alta, no solo que se lee.
El último verso
"Como yo te he querido..., desengáñate, / nadie así te amará." Es el verso más arrogante de la poesía española, y también el más verdadero. No es vanidad. Es la certeza de que ese amor específico, en ese cuerpo específico, con esa historia específica, no puede repetirse. Cada amor es irrepetible. Y cuando termina, lo que se pierde es único. Eso es lo que dice Bécquer en ocho palabras.
Murió el 22 de diciembre de 1870. Tenía 34 años. Sus últimas palabras, según quienes estuvieron con él, fueron: "Todo mortal." Sus amigos Augusto Ferrán y Narciso Campillo se encargaron de preparar la edición de sus obras. El volumen salió en 1871. Fue un éxito inmediato. Bécquer nunca lo vio.